Volver al centro
Sobre cómo reconstruir la relación con una misma para transformar los vínculos con los demás.
Volver a mi centro se ha convertido en una práctica cotidiana.
Por demasiados años, casi toda mi vida, puse a los demás delante de mis necesidades y proyectos.
Complacía, aportaba y cedía.
Era incapaz de comunicar mis límites y vivía agotada y frustrada porque no recibía lo mismo a cambio.
La claridad que llega al permanecer en la incomodidad
Esa incomodidad de darme cuenta de que algunas personas esperaban que me hiciera cargo de otros solo porque tengo una profesión de ayuda, como si fuera mi obligación, fue lo que me hizo despertar.
Así fue como empecé a observarme, a validar lo que sentía sin juzgarme y a aceptar que aquella no era una forma saludable de relacionarme. Que aunque mi trabajo implica escuchar y acompañar, debía enmarcar la relación comercial con mis clientas y tener límites claros y bien comunicados.
También en mis relaciones personales empezó a ocurrir lo mismo.
Recuerdo una conversación que me marcó. Una pareja me dijo que leía demasiados libros y que el único que debía leer era la biblia y aprender a “someterme” a la voluntad de un hombre.
No respondí de inmediato. Pero sentí un fluir de energía en todo mi cuerpo y supe que ese vínculo no lo quería en mi vida. No salí de esa relación ese mismo día, pero empecé a construir el camino para hacerlo.
Por socialización creemos que las mujeres somos sostén emocional para otros o que debemos darnos hasta vaciarnos, sacrificarnos sin límites, porque eso nos hace virtuosas frente a los demás, aunque por dentro estemos agotadas o profundamente desconectadas de nosotras mismas.
Las relaciones en círculos
Al volver a mi centro y reconocer esos mandatos también entendí las relaciones en círculos. En donde el más céntrico se refiere a la relación que sostengo conmigo misma. Para entenderme, saber qué valoro, cuáles son mis límites, poner orden a mis ideas y también a mis vínculos.
En este primer círculo habito yo, mi mundo interior y mis circunstancias.
Durante años confundí lealtad con desaparecer. Llegué incluso a aceptar invisibilizar mi marca personal porque creí que así protegía una relación laboral importante. Hoy entiendo que cuando abandonamos nuestro centro para sostener otros vínculos, tarde o temprano también terminamos perdiendo una parte de nosotras mismas.
El siguiente círculo gira hacia afuera. Hacia las relaciones más cercanas. Pareja, familia y amigos.
Y es necesario que participe siempre desde mi centro, desde aquel orden y claridad que establecí para mi, para:
Elegir conscientemente las relaciones que quiero priorizar.
Comunicar necesidades y límites.
Escuchar y entender a los demás.
Aquí, sin duda, se presentarán desafíos. Solo si estoy en mi centro y este se encuentra bastante ordenado voy a poder relacionarme efectivamente con los demás. No para ser dulce o para estar calladita y evitar conflictos. Sino para respetar y hacerme respetar. Para cultivar un amor mutuo y para sostener sólo aquellas relaciones de reciprocidad y trato digno.
Esto se escribe más fácil de lo que se vive, pero tener esa claridad y ese orden es el primer paso para navegar las relaciones de una manera efectiva.
Luego aparece un tercer círculo. El espacio donde colaboro, lidero y construyo reputación. Son las comunidades profesionales o de negocios, las redes de colaboración y vínculos de intereses que quiero desarrollar.
Es un círculo inmenso porque se refiere a mi contexto más amplio. Y una vez más, si me presento desde mi centro podré cultivar y sostener relaciones de provecho para mi y los demás.
De niñas hacia adultas
De niñas aprendemos a relacionarnos desde afuera hacia dentro. Porque no tenemos experiencia y son los adultos quienes nos muestran cómo hacerlo.
Si tenemos suerte aprendemos de comunicación, de gestión emocional, de seguridad y respeto. Y así, al convertirnos en adultas, desarrollamos un centro fuerte y claro.
Pero si no fuimos bien nutridas, mental y emocionalmente, de adultas nos va a tocar emprender el viaje de regreso hacia nuestro centro, para ordenar el caos y para que el resto de relaciones también se ordenen, se terminen o se distancien.
No es un proceso lineal ni tampoco hay una fórmula mágica para conseguirlo.
Lo que sí es seguro, es que tarde o temprano, necesitamos volver a nuestro centro, observar, ordenar y profundizar la relación con nosotras mismas.
Es a partir de reconstruir la relación con ese centro interior que otros vínculos y proyectos se hacen viables. Porque así podemos reconocer qué priorizar, hacia dónde avanzar, y, sobre todo, empezamos a vernos a través de nuestra propia mirada y no la mirada externa.
¿Cómo es la relación con vos misma? ¿Qué sobresale en tu vida, la mirada interna o la mirada de los demás?




